Lisa solo buscaba trabajar en paz. Pero ¿se puede aspirar a vivir “por fuera” de una sociedad inevitablemente politizada, obligada incluso a tomar una posición frente al conflicto?

Fotografías de Yenka Algarañaz
Cuando todo esto empezó, nadie creía que iba a durar lo que duró. Los menos afectos a la política le daban cuatro días, los más entusiastas y radicales apostaban a que serían dos semanas o tres, como pasó en 2019, cuando el presidente Evo Morales renunció. Nadie creía que realmente el término indefinido iba a significar que el fin no llegaría pronto y que el punto final se convertiría en un anhelo masivo. Transcurrieron 36 días de paro cívico y, tras un escenario de descomposición, se anunció un cuarto intermedio a las medidas de presión.
Aunque esperado, el anuncio no deja de ser sorpresivo. La gente en las calles se posiciona inmediatamente en los extremos: hay quienes no están de acuerdo con suspender los bloqueos y quienes ya festejan el poder salir a las calles con libertad.
Tocará ahora hacer un recuento de las victorias y los daños.
Lisa: sublevación a puertas cerradas
Con total habilidad en el arte del manejo de cuchillos, Lisa pica los tomates y las hojas verdes. A la par, en un recipiente con agua zambulle un poco de triguillo. Hoy el menú es hummus de garbanzo con tabouleh. Lisa tiene que preparar las reservas y despacharlas con el motoquero que no tarda en llegar para hacer el delivery. En su cocina hace mucho calor pero reina la paz. Afuera, en cambio, a unas cuantas cuadras hay gente intentando pasar un bloqueo instalado desde el sábado 22 de octubre cuando todo esto empezó. Hay llantas, alambres, pitas, sol y personas custodiando ese espacio público. Todos lucen agotados. El paro cívico cumple 31 días y hasta el día anterior la demanda era muy clara aunque a todas luces utópica.
La gente en las calles porta carteles que dicen “Censo 2023”. Hasta ayer creían que iban por el todo o nada como habían dicho los radicales líderes al inicio. La noche del 23 de noviembre esos líderes avisaron por la tele que la demanda se caía. Ya no se puede hacer el censo el 2023, dijeron en la transmisión en vivo. Ahora, anunciaron, aceptarán la decisión que tomó el gobierno hace diez días, cuando el presidente Luis Arce promulgó el Decreto 4824 que fijó el censo para el 23 de marzo de 2024. Han estado 36 días en las calles convencidos de la justicia de su lucha.
“Nuestra principal arma como ciudadanía es el paro. Otra cosa realmente no hay. Somos ciudadanos que luchan por lo que creen. Los líderes han cometido errores pero hemos logrado muchas cosas”, explica uno de los jóvenes que ha acatado diligentemente la medida de presión.
En la pensión de Lisa sucede otra cosa. A puertas cerradas, no dejó de operar ni un solo día. Ella nunca se subió al carro de parar actividades laborales y, por el contrario, hizo todos los esfuerzos por desobedecer el mandato cívico ejerciendo autonomía de decisión en su espacio personal en la medida de lo posible. No ha sido nada fácil. Normalmente servía 40 almuerzos al día y ahora la cifra se redujo a la mitad. No hay comensales en sus mesas ni algarabía en su pensión.
Esta situación pareciera no afectar a todos por igual. Esto de verdad puede durar una eternidad, dice con evidente desagrado mientras prosigue con su labor, que es su forma de sublevarse contra la imposición.
A puertas cerradas, no dejó de operar ni un solo día. Ella nunca se subió al carro de parar actividades laborales y, por el contrario, hizo todos los esfuerzos por desobedecer el mandato cívico
Un cabildo sordo
Es domingo y es el día 23 de paro cívico. Acaba de ocurrir el cabildo más multitudinario de la historia de esta ciudad. La convocatoria fue un éxito rotundo y la euforia del acto tras un proceso de alquimia se volvió ilusión, confusión y enojo.
El cabildo es una convocatoria ciudadana abierta en la que se debe deliberar. La Constitución Política del Estado boliviano lo señala como uno de los espacios donde se ejerce la democracia. Allí, se supone, se toman decisiones escuchando al pueblo que además vota a favor o en contra de diversos postulados.
Para decepción colectiva, el cabildo más concurrido de la historia de Santa Cruz no cumplió con su esencia deliberativa. Los asistentes fueron a “deliberar” con un video grabado del presidente del Comité pro Santa Cruz, Rómulo Calvo, quien no asistió a la cita porque pesa sobre él una orden de detención domiciliaria. Calvo se mostró en un audiovisual leyendo cinco preguntas poco claras, por estar confusamente redactadas y porque el tumulto de gente no permitió escuchar adecuadamente el altavoz. Por razones obvias, Calvo grabado no escuchó las respuestas de la marea de asistentes que allí estaban. Fue un monólogo sin posibilidad de refutación o consulta. Algunos gritaron que no estaban de acuerdo con las cinco determinaciones pero nadie los escuchó. Fue un cabildo sordo.
Lisa no fue al cabildo pero lo vio en Facebook. Ella nunca ha comulgado con el ente cívico, pero a estas alturas es imposible no estar pendientes de lo que sus cabezas dicen o hacen, pues eso repercute en esta ciudad de dos millones de habitantes que tienen actividades paralizadas hace más de tres semanas.
Yo dije que no a la consigna que señala que los resultados del censo y la redistribución parlamentaria se haga antes de las elecciones de 2025. ¿Y sabe por qué dije no?, ¿sabe por qué toda la gente a mi alrededor dijo no? Porque en el primer cabildo se dijo que era por el censo el 2023. Estos 23 días de paro son por el censo el 2023. Señores, ¡nos han sacado la mierda al pueblo!, dice una joven molesta con un megáfono en la mano, afuera de la casa del presidente del Comité Cívico, Rómulo Calvo, donde hace vigilia. Son aproximadamente cien personas las que están en la casa de Calvo. Están sedientas de explicaciones. Son jóvenes y rebosan indignación. Han estado en las calles con total convicción.
Lisa mira curiosa estas transmisiones en vivo por Tiktok. Los grandes medios hacen poco eco del reclamo poscabildo. A ella en cambio esto le interesa porque le permite entender el pulso de la gente que viene bloqueando la ciudad 23 días. Desde luego, no ve la hora en que todo esto termine. Lisa es activista feminista y siempre pone el cuerpo en la calle cuando se siente convocada a protestar contra la violencia machista. Nunca ha sido indiferente a lo que considera injusto. Y hoy no se siente tocada por la demanda de la realización del censo ni convocada por la dirigencia cruceña. “Los mueve el odio hacia los collas”, me dirá después.
No creo realmente que les interese el censo. ¿De verdad algún político usa datos censales para algo?; es como si alguien que no sabe leer te exija una enciclopedia. ¿Necesitamos tres diputados más para que sean marionetas como son los que están ahora en el parlamento?
En una ciudad donde todo se ha vuelto radical y se construye la lógica amigo-enemigo, Lisa no se inscribe en maniqueísmos. Esta vez, a diferencia de 2019, no aceptó ceder a los cívicos la decisión de qué hacer y que no.
El 2019 no pude trabajar ningún sólo día. No había gas, había mucho miedo e incluso muerte civil si no acatabas. Hoy la situación es distinta. Si alguien realmente dejó de trabajar este año, seguro lo hizo el primer fin de semana. Todos buscan cómo seguir trabajando. Parece que estamos aprendiendo a convivir con esta nueva realidad. Los mercados no cerraron ni un solo día. Es como cuando te sale un hongo y te acostumbras a vivir con él, es incómodo pero al final lo sobrellevas.
Por más que unos y otros lo intentaron, el 2022 no fue el reprís del 2019. Ese año, en algunos sectores de esta ciudad se vivió algarabía mientras que en el país se apoderaba el desconsuelo.
El paro de ahora deja desgaste y fractura medular. Aunque también es innegable que deja logros concretos sobre el censo: adelanto en su realización y promesa de aplicación de resultados de forma oportuna.
En una ciudad donde todo se ha vuelto radical y se construye la lógica amigo-enemigo, Lisa no se inscribe en maniqueísmos. Esta vez, a diferencia de 2019, no aceptó ceder a los cívicos la decisión de qué hacer y que no.

El gobierno de la indolencia
El anuncio se hizo en un tuit de 277 caracteres. El presidente Luis Arce emitió el mensaje que fue el origen de esta podredumbre social. Paradójicamente este escenario demasiado extendido tuvo un inicio muy claro y concreto. Arce anunció que se suspendía la realización del censo para el año 2024. Censo que unas semanas antes había sido declarado prioridad nacional. El censo estaba garantizado para noviembre de 2022, pero se lo pateó hasta dos años después sin siquiera fecha fija. El Presidente prometió que sería entre mayo o junio de 2024 y lo dejó plasmado en el Decreto Supremo 4760.
Las protestas no tardaron en estallar. Santa Cruz, que viene capitalizando movilizaciones contra el gobierno del Movimiento al Socialismo desde al menos el 2016, realizó un paro de cuarenta y ocho horas en agosto para exigir adelantar la encuesta censal. Luego vino el cabildo del 30 de septiembre, cuando la dirigencia cívica decidió convocar a un paro indefinido el 22 de octubre si es que el gobierno no accedía a hacer el censo el año 2023. El gobierno no accedió y el paro se inició.
El gobierno dejó claro, igual que los cívicos, que no le interesa la gente, dice Lisa mientras empaqueta el último pedido de tabouleh. Horas después circulará un duro pronunciamiento de la Dirección Nacional del Movimiento Al Socialismo (MAS) que parecerá darle la razón. “No es necesario aprobar ninguna ley del Censo”, “hay que dejar que el paro indefinido en Santa Cruz muera y agonice sin que hayan conseguido nada”. El mensaje es claro: “que se enfrenten hasta que se aniquilen”.
Tras 36 días de paro cívico, la medida ya agonizaba y llegó a su fin. Si bien se ha señalado que se trata de un cuarto intermedio, el desgaste es tal que parece poco factible que vuelva a reinstalarse en el corto o mediano plazo.
La medida cívica, que luchó por una causa noble, se deterioró en sus formas. Necesitó alimentarse de la violencia entre un bando y el otro para sostenerse. Requirió obligar al otro imponiéndole lo que sí se puede y lo que no. Hasta que al final, más que paro laboral fueron bloqueos abusivos. La circulación quedó prohibida a partir del mediodía. En las mañanas la circulación fue en total desorden. Como algunas calles estaban con bloqueos, escombros y pitas, los vehículos desviaban por donde podían, incluso en contrarruta. Reinó el descontrol.
Lisa se transportó en bicicleta. Siempre, mientras recorría la ciudad, usaba auriculares para tratar de abstraerse de las escenas de tanta basura y escombros desperdigados.
Una vez dos mujeres me quisieron bajar de la bici. Yo venía cargada con bolsas y con mis auriculares. Las quise ignorar. No tenía sentido que me baje, iba despacio y con carga. Al ratito apareció un tipo y me quiso pegar. Pégame y te meto preso, le dije. Intentaron tirarme piedras en un bloqueo que ellos dicen que era pacífico.
Los egos dirigenciales nos han conducido hasta aquí. No haber sabido salir a tiempo nos ha significado no saber salir sin antes enfrentarnos.

Ruinas sociales
Son las dos de la tarde, el paro lleva 33 días y Lisa va a cerrar su pensión. Ha concluido la labor de hoy y espera poder volver a casa para ver a su hija. Mientras cierra el establecimiento le pregunto cómo hace para sobrellevar lo que está pasando con el paro que ya ha superado el mes. Hago memes, responde con avidez.
En su ruta a casa evita calles bloqueadas porque no quiere enfrentarse a nadie. Entiende que al final de todo esto y cuando pase la borrachera de autoritarismo y de pulseras de poder de unos y otros, la gente en las calles seguirá siendo la misma que intenta trabajar y vivir en paz.
Hay una cosa que me preocupa. Lo que va a venir después. Lastimosamente se está enseñando disciplinamiento patronal a las nuevas generaciones. A la tarima del Cristo Redentor se suben esos que hablan como patrón, lo que luego se reproduce en las rotondas y también en las casas. A la larga, ¿qué sociedad nos va a dejar todo esto?, pregunta de forma retórica antes de empezar a pedalear.
Tres días después, el paro se levanta.
Toca volver a encontrarnos y retirar los escombros. No sólo los de la calle, sino los de la convivencia.