El primero tocó el timbre, dejó un juguete, le acarició la cabeza y se marchó. El segundo era adicto a la lectura y al alcohol. El tercero es un gran tipo que cree que cuando uno la caga en grande, hay que volver a empezar. El cuarto es el que verdaderamente importa.

Uno de mis papás de “verdad”, como suelo llamarlo por ser mi padre biológico y de apellido, se llamaba Víctor Hugo Martínez. Le pegaron un tiro en la cabeza para robarle su taxi en Cochabamba. Dicen que lo vi un par de veces cuando era un crío, pero no recuerdo nada de él y si conozco su cara es por las fotos que veía en casa de mi abuela, donde iba a pasar las vacaciones de invierno. Mis tíos dicen que tenemos los mismos ojos y también la misma forma de reír. Yo no lo sé. Solo recuerdo las manos de un señor que una vez, cuando yo tenía cinco años, tocó el timbre de casa, me dejó un auto de juguete y un abrigo azul envueltos en papel sábana y se me quedó mirando por minutos, primero, y por segundos, después, en los que ninguno dijo nada. Me acarició la cabeza y se fue.
Mi papá o, mejor dicho, al que le digo “mi papá”, fue mi primer padrastro. Se llamaba Edgar y era un militar adicto a la lectura y al alcohol. Cuando lo expulsaron del Ejército por participar del golpe de García Meza en 1981, se fue a Brasil y desde allá me envió un skate Brinquedos Bandeirante. Estaba un poco chiflado y era violento. Le gustaba afilar cuchillos y limpiar sus armas en el patio, a la luz del sol. Mientras tanto, yo tenía que leer en voz alta el Manual de Historia de Bolivia de Mesa y Gisbert. Era fascista y odiaba a los comunistas. Una Navidad, orgulloso porque yo había aprendido a leer, me regaló una colección de libros de Julio Verne y otra del Tesoro del Saber, de Editorial Sigmar, Buenos Aires. Todos los libros que me dio desaparecieron. Solo se quedó conmigo Corazón de Edmundo de Amicis. Recuerdo que lo leía con él en las noches, después de cenar.
Lo odiaba porque me aterrorizaba todos los días, golpeándome, obligándome a leer o a hacer ejercicios de matemáticas día y noche; eso, cuando no me llevaba a concursar a los programas de preguntas y respuestas de Radio Nueva América para que sea yo quien gane sus botellas de soda Oriental. No lo quería, tenía razones de sobra, pero su muerte me afectó bastante. Quizá fue porque su muerte fue violenta: le explotó una granada de guerra mientras jugaba a ver quién la desarmaba más rápido con otro militar. Estaba borracho. Quizá también su muerte me afectó porque justo se murió un día antes de Navidad.
Tardé casi 20 años en perdonarlo, si algo le tenía que perdonar. Algunas veces, cuando voy a la hemeroteca, antes de irme saco los periódicos de la fecha de su muerte y releo las noticias de aquel día. Miro los necrológicos y su fotografía: su mirada seria, con los lentes grandes y anticuados. Siento una especie de taquicardia y ansiedad. Camino a la universidad, recuerdo que aplastaba hormigas con el pan y se las comía. Recuerdo también que amaba a los perros, que era súper católico y que, a pesar de mis ruegos, prefería llevarme al cine en vez de a jugar fútbol. Recuerdo que en su entierro vi desde lejos cómo metían en el nicho su ataúd. Me sentí aliviado y en paz. Soñé con él veintiún años después de que murió. Estábamos en el campo, él y yo, desnudos, ebrios los dos; él, al otro lado de un río imposible de cruzar, mientras yo, desde la otra orilla le gritaba que ahora podía intentar sacarme la mierda de nuevo y que ya veríamos quién iba a ganar. Me miraba triste mientras subía una colina y se alejaba a un lugar frío, nublado y ocre.
Mi papá actual es un gran tipo. Se llama igual que yo —¿será que mi madre no me dejará ir jamás?— y le gusta decir que, por los antecedentes, es muy peligroso estar casado con mi mamá. Es mecánico y tímido; sospecho en realidad que odia a la gente y que por eso bebe. Le es muy difícil sonreír estando sobrio. El pobre ha tenido que sufrir toda mi “adolescencia”. Es un tipo tenaz y tacaño, lo cual al menos para mí es una pésima combinación. Se la puede pasar buscando un repuesto barato en la feria de El Alto por semanas. A veces, cuando viene a casa a reparar mil cosas que resultarían imposibles para mí, me lleva a las ferreterías y me habla en un lenguaje tan extraño que, solo por el precio, apenas puedo entender la diferencia entre una cosa y otra.
Una vez, me acuerdo, él estaba bebiendo con mis tíos en el bautizo de mi hermano. Aproveché, le robe el auto y lo fui a chocar. La policía me arrestó por ser menor de edad y por tener cuchillos y palos de picota en el auto; los bates de béisbol eran muy caros en ese entonces.
Cuando me sacaron de la policía, mi mamá me decretó muerte civil, sombríos y largos días de reclusión y noches de tragedia; cosa que, fiel a su carácter testarudamente potosino, cumplió durante medio año. Mi papá se sentó en el borde de la que entonces era mi cama y me dijo: “Negro, cuando uno la caga en grande, está bien, hay que volver a empezar… , lo que no te voy a permitir es que hagas huevaditas pequeñas y cosas que no van contigo”. Luego se fue. Todo un enigma. Con el tiempo entendí que las grandes cagadas que me mandaba eran para él producto natural en toda historia, pero que las cosas pequeñas le irritaban, por eso mismo, porque eran pequeñas, eran huevadas.
A veces bebemos juntos y me cuenta historias fantásticas. Solo mis hermanos podrían juzgar su calidad como padre. Yo no. Nunca. Porque él y yo siempre hemos tenido una relación de adolescentes pugnando por el amor de la misma madre: buena a veces, fría y distante otras.
Cuando me fui a España, lo vi llamar a sus amigos para contarles. Estaba sobrio y feliz. Me di cuenta. Nos dimos cuenta. Hace tiempo que pasamos lo peor. Yo lo presento orgulloso y de buena gana como mi papá cuando llego acompañado a casa y él está en su taller, escuchando radio Panamericana, descifrando ruidos de motores que sólo él puede entender.
Desde hace algunos años tengo la costumbre de regalarle flores a mi mamá por el día del padre. La Maritza es una mujer de gustos muy austeros. Ama el queso y cocinar. Todo lo que hacen sus manos es lo más delicioso del mundo. Ella llegó conmigo a La Paz cuando tenía diecisiete años y yo tres meses. Desde entonces no ha dejado de pelearle a la vida. Víctima de las golpizas de mi primer padrastro, me enseñó la importancia de contar y recordar, la importancia de hablar de los sueños y de no mentir. Es fanática del Bolívar, pero no le gusta ir al estadio, odia las multitudes y la bulla. Cuando era niño, me preparaba dos sándwiches, uno de huevo y otro de carne; me llenaba un termo con café y me daba dos monedas para el micro; por si acaso también me anotaba la dirección de la casa en el brazo izquierdo con bolígrafo de tinta azul, recién entonces me despachaba en el micro U y le decía al chofer que me deje en el estadio. Te vas a comer el sándwich de huevo en el primer tiempo y el de carne en el segundo: es más emocionante, me recomendaba.
En el colegio, ella brillaba en los actos del día del padre por ser la única mujer sentada con el resto de los padres en el agasajo. Muchas veces tuvo que aprender carpintería para ayudarme con los deberes del taller de la escuela. No la dejaban jugar en el equipo de fútbol de padres, pero como somos una mierda de sociedad, sí que la mandaban a pintar los números de las camisetas. Ella me pidió que sea arquero y le cumplí el deseo. Muchas veces me sacó del hospital, otras tantas de la comisaría. Estuvo decepcionada de mí durante toda mi burrescencia. Eres un maleante, un delincuente, me decía una y otra vez.
Quería ser cocinero por ella. Ella hubiera preferido que sea auditor o abogado. Jamás pensé darle gusto. Pero ahora estamos bien.
Cuando yo era wawa me hablaba en quechua y me contaba de su pueblo y de los muertos. Me ha enseñado a quererlos, a armar las mesas del día de difuntos y a cocinar para las personas que quiero. Me hizo jurar que jamás hablaré mal de la Virgen de Copacabana. Según ella, cuando yo vagabundeaba sin rumbo por las calles ella me cuidaba por encargo suyo.
Una vez le leí un cuento mío que salió en el periódico y que había escrito recordando a mi tío Freddy que, como si fuera poco, se suicidó también en Navidad. Se puso a llorar amargamente y me sentí mal. Algunas noches la visito y está tejiendo y mirando las noticias. A unos pasos, debajo de la imagen de la virgen, está la foto de mi familia, una foto mía y el periódico doblado en cuatro.
Ella es mi papá de verdad.