CONFESIONES
A qué sabe saber que sabes, de dónde vienes, a quién le perteneces. El rock con identidad de los argentinos nos preguntaba a quemarropa: ¿por qué razón en Bolivia no somos capaces de hacer lo mismo? Y entonces apareció No le digas, de Jaime Saenz.

Permítame explicarme. A mediados de los 90, con más emoción que presupuesto, con más angustia que vida, mi delirio y preocupación era buscar la identidad. Ese mar de preguntas, eso imposible de resolver. A qué sabe saber que sabes, de dónde vienes, a quién le perteneces, cómo y por qué debes decirle al mundo que a su vez vienes de un mundo “particular”, de un decir auténtico, de un habitar un sitio que tú nomás habitas y sabes recorrer y descifrar.
Nuestra afición adolescente por descubrir que los exadolescentes de Sui Generis cantaban cosas que nos curaban el dolor del mundo, nos hacía creer que alguien estaba doliéndose las penas que un atroz universo nos estaba mostrando; y, a su vez, este puñado de canciones que había devenido en un fenómeno denominado “rock nacional” en Argentina, me llevaba directamente a un supuesto y a una -terror de palabra- ¡culpa! El rock con identidad de los argentinos nos preguntaba a quemarropa: ¿por qué razón en Bolivia no somos capaces de hacer lo mismo?
Recuerdo con triste ternura que mi inocencia me hacía consolarme diciendo: si los argentinos tienen a Piazzolla, debemos enorgullecernos de tener a Alfredo Domínguez. ¡Qué triste y que bobo consuelo! ¡Qué desubicado! No debe haber dos músicas más imposibles de comparar, la sola comparación era irresponsable e innecesaria… muy tierna, pero una brutal estupidez.
Como toda tristeza, como toda incomodidad, viene potencialmente del miedo, miedo niño, dice que dice Piero(argentino): miedo, dos puntos: lxs bolivianxs, somos incapaces de hacer música con altura(jeje), con belleza, con identidad; así lloraba a solas mi desconsuelo, el cual, evidentemente, venía de una profunda y pesada ignorancia.
Allí apareció esta obra, No le digas, como la cueca.
Me abracé a ella, adolescente de mí, como testimonio de que podíamos hacer algo bello, los bolivianos. El reputado actor David Mondaca (una c nomás era antes), representaba la posibilidad aprobada por una sociedad cultural ONGera, histérica, estrecha y sabionda, de que se podía.
Así lloraba a solas mi desconsuelo, el cual, evidentemente, venía de una profunda y pesada ignorancia.
Hoy, después de mirar la obra en Youtube, descubro en las fisuras, las de la obra y las mías, toda la ternura del acuario. Este maravilloso verso de Spinetta me cuenta que no es solo que Don David (veinte años más viejo) olvide y descalabre algunos textos de Saenz. No es sólo que intente entrelazar un poco a porrazos ciertos pasajes de los libros, en prosa, de Don Jaime. No es sólo eso. Pasa que la profunda e infantil crisis de mis 16 años estaba siendo compartida por quizás todo el medio artístico de nuestro país, en aquellos ultrajados años 90. Por eso esta obra era casi un salvavidas en la tendencia de manotear cachitos desperdigados de esperanza.
Creo que lo más lindo de la obra es cuando David reinterpreta o se dice a sí mismo cómo lo toca ese escrito de Jaime Saenz. Lamentablemente esos pequeños momentos son muy poquitos en la obra que -allí la maravilla del teatro- puede cambiar y modificarse de función en función, de temporada en temporada, de década en década.
Creo que lo más lindo de la obra es cuando David reinterpreta o se dice a sí mismo cómo lo toca ese escrito de Jaime Sáenz.
Así la obra de teatro, pero, pero… acurrucada agazapándose a tientas, en la penumbra (cómo no) está y estará para siempre la belleza; el fulgor volcánico de un alma en sombras, y testimonios de oscuridad refulgiendo desde y a través de la muerte. Sobrepasándola, haciéndola vivible encaramada en un temblor. La obra, la verdadera Obra, la del ciudadano Saenz Guzmán, abriéndose dichosa en los parajes de nuestro mundo, harto de morir, de morir por nada. Dejando en claro que los balbuceos nuestros, nuestras dudas y tropezones, son sólo una aproximación, a tumbos, a la belleza de esos tejidos que se quedan para siempre. En medio de un camino, sabiéndose, sabiéndote país que se sabe al hacerse, al sentir, al conocer. Y volverse ante sí, siendo profundamente amor.