Unir tradición japonesa con vivencia andina en la obra teatral “El florecimiento del cerezo. ¿Qué resultado se tiene? Hay que saber abrir ojos y oídos para gozar del instante.

En dos bucólicos paisajes, quizá hechos para ojo izquierdo y ojo derecho –dos hemisferios contrapuestos– podremos ver desde el punto lejano de un amanecer desconocido el monte Fuji y el resplandor de la nieve del Illampu.
Jugando a los pestañeos de una y otra realidad, podríamos animarnos a abrir los dos ojos a la vez y hacer una sola imagen. Ésta es la primera impresión desconcertante de la obra de teatro El florecimiento del cerezo, de Kike Gorena.
Un desconcierto, decíamos, el efecto ya no de imagen, sino de sonido de los mellizos Gonzales (Marcelo y Anki), que acompañan con lectura y música la obra, mientras Edwin Villarroel y Raquel Márquez ponen el cuerpo a la escena, ayudados por una marioneta bunraku, cuya tradición influencia el desarrollo de toda la puesta en escena. O sea, títere, narración y música. El florecimiento del cerezo es la experimentación de esta técnica a partir de aquella similitud de paisaje y frecuencia de sonidos.
Mi buen amigo Dante García Mena decía que la poesía es una película que sólo tiene subtítulos. Al reverso de esa apreciación, El florecimiento del cerezo es un juego de subtítulos que no se ven.

Hay una serie de elementos que se subtitulan entre sí. El quechua y el español, la imagen con el sonido. La marioneta que subtitula a un hombre que al final parece ser el subtítulo de un ser superior a él. La imagen multiplicada de la marioneta nos plantea desde luego la cuestión del destino y las decisiones de un hombre que se busca a sí mismo. Se ha de haber buscado tanto que no es más que un campesino en la búsqueda de ser un samurai.
Marcelino, marioneta y samurai
La historia de Japón es muy lejana para nosotros; así, muy de pasadita, podemos saber que hubo un periodo llamado Edo. Por aquel entonces, los campesinos japoneses eran siervos de las clases aristocráticas y guerreras, como los samurai.
Marcelino, un campesino boliviano, se va a la ciudad a buscar algo que no sabe qué es, parece más fácil poder decir que quiere ser un samurai. La obra parece decirnos que un campesino boliviano en la ciudad no sabe lo que quiere ser. Más agrado y sentido tuviera una aspiración fuera de tiempo y lugar, un noble guerrero, que es lo que en realidad lo habita.

El florecimiento del cerezo es una obra parsimoniosa, deja gozar un instante alargado, es la dilatación de un suspiro.
Un ser confuso necesita de la subtitulación para ser comprendido. Pero además requiere de un tutelaje, en este caso, el monumental Illampu, el Cóndor que le arranca los ojos; toda la experiencia mística parece decirle a Marcelino: escúchate a ti mismo; pero Marcelino se empeña en la enajenación de su cuerpo.
Es la marioneta que quiere volver de la ciudad al campo, es el hombre que despierta de un sueño. No es nunca más grande que la montaña a la que necesita subir para saber ser él mismo.

Sin embargo, vuelve a contemplar otro cuerpo ausente debajo del cerezo, un muerto. El subtítulo del subtítulo del subtítulo. Desde luego, en el lenguaje del más allá, un idioma que nadie entiende por ser sólo silencio para dejarnos en descubierto. No somos más que subtítulos de una tumba.
Muchas de las muestras de arte japonés, como su poesía, gozan de la brevedad, emulan la fluidez de lo perenne.
El florecimiento del cerezo es una obra parsimoniosa, deja gozar un instante alargado, es la dilatación de un suspiro.
Desde el comienzo la obra trata de retener el desenlace, no acontece, en realidad se abstiene del acontecimiento, la fatalidad florece inevitable y es la aceptación, casi resignación, el desenvolvimiento de la belleza, la exhalación final.