
Las fotografías de este documento que presenta Rascacielos son de Lucio Flores, Rafael C., Lydia Gueiler y archivo de la revista.
Y se fue.
Varias veces en estos 37 años, después de la salida de Luis García Meza del gobierno, recordé aquel evento sucedido en mayo de 1981 en Cochabamba cuando los propios militares se enfrentaron al dictador. Había ya inquietud, cierto, y un plan se gestaba para sacarlo. Pero ese hecho es importante por dos razones: porque el anillo de seguridad que rodeaba a Luis García Meza era infranqueable, era temible y la violencia de aquel narcoestado amenazaba con recrudecer. Nadie, menos aún un camarada de rango inferior osaría desafiarlo, de lo contrario, la pasaría muy mal. (Desde la sociedad civil, derrotar a un régimen de esas características sin participación militar, era simplemente impensable). Y lo enfrentaron, y sacudieron una estructura que parecía invencible, hasta tumbarlo. Al día siguiente de aquellos hechos, García Meza anunció su salida, aún si luego se arrepintió, como hacen los dictadores. Tres meses después, en agosto, se fue.
La segunda razón es fundamental. La reacción no planificada de aquellos militares, hastiados de ese gobierno profundamente corrupto, permitió “ventilar los trapitos al sol” –cosa que sus camaradas reprocharon y no perdonaron jamás- y mostrar a la sociedad que derrocar a ese régimen era posible desde adentro y hacia fuera y no según la costumbre del pasanaku del poder. De hecho, el plan que gestaban otros generales para sacarlo, había negociado con el propio dictador para que la suya fuese “una salida honrosa” y de alguna manera así fue, pues la dictadura pasó el gobierno a una Junta de Comandantes idéntica a la que inició el golpe.
Podría decirse que lo que hicieron aquellos militares rebeldes fue un fracaso. Yo creo que no. La distancia de los años nos permitirá mirar esa historia –ojalá– en toda su complejidad.