Seis meses encarcelado sin saber el motivo; el gobierno no tenía porqué dar explicaciones a nadie. Pero nunca falta un buen ser humano, en este caso un militar de honor, que facilitó la libertad de muchos que habían sido detenidos injustamente.

Ministerio de Gobierno: 3 días
Fui detenido a eso de las 18:30 del día 24 de abril de 1974 en la Plaza Murillo y conducido al Departamento de Orden Político (DOP), situado en la calle Comercio, donde ahora está construido el edificio nuevo del Parlamento. De allí me condujeron al Ministerio de Gobierno, a la “celda Nº 3”, que era la letrina de los agentes o “tiras”, situada en el sótano, de donde debía salir a cualquier hora para que los agentes la ocupen. Era un ambiente sucio, húmedo y nauseabundo. Permanecí allí tres días con sus noches y fui fotografiado de frente y de perfil en el estado en que me encontraba. Ni en este ministerio ni en los otros centros de represión en que permanecí (DOP, Viacha y Chonchocoro) se me sometió a interrogatorio alguno ni se me explicó el motivo de mi detención.
Departamento de Orden Político: dos meses y fracción
Al cuarto día fui trasladado al DOP, a la celda común, que era una especie de cueva oscura con ambientes reducidos y gente hacinada, unas 20 personas. Entre ellas estaba el coronel de Policía Eufronio Amurrio, un suboficial de apellido Villarroel, campesinos y gente humilde. En el patio de afuera (segundo patio, porque el primero comunicaba con la calle), estaban las celdas individuales de Jaime Paz Zamora, Fernando Ballivián (del ELN, que había rendido su examen de grado en la prisión), José Gonzáles (del MIR), Ernesto Morant (que había sido de la Dirección de Investigación Criminal de Santa Cruz durante la sangrienta represión ejecutada por la dictadura de Bánzer en sus primeros meses) junto a su ayudante, “Palanca” Cuéllar.
Por turno, todas las mañanas debíamos baldear el patio y los baños a las 06:00. Entre los “tiras” que nos vigilaban, recuerdo los alias de los hermanos Barrenechea: el “Loco” y el “Coné”.
No nos permitían tener radios o leer periódicos ni libros de estudio o de teoría política. Solo nos permitían leer novelas. Vivíamos totalmente desvinculados de la información y de la realidad. No sabíamos qué pasaba afuera. Yo recibía visitas una vez por semana, por 15 minutos y en presencia de un agente.
No nos permitían tener radios o leer periódicos ni libros de estudio o de teoría política. Solo nos permitían leer novelas.
Pedí un cuaderno y un lápiz para escribir un diario. Los agentes, previa consulta con el Jefe del DOP, Benavides, no me lo permitieron.
Nos visitaba cada sábado por la mañana el padre Mestre, de la orden de los jesuitas, quien, luego de celebrar misa y de preguntar fugazmente a uno o dos detenidos cómo nos trataban, se encerraba durante horas con Jaime Paz y se marchaba.
Un día de junio, el 24, hubo alboroto al amanecer. Fernando Ballivián nos hizo saber desde su celda que al parecer hubo golpe de Estado y que, durante la noche, habían huido Ernesto Morant, el “Palanca” Cuéllar, un señor de apellido Carrafa y Jaime Paz Zamora, sin decir nada a nadie, sin dejar ningún aviso. Cuando luego de forzar nuestra reja logramos salir al patio, las puertas hacia la calle estaban abiertas. Algunos se fueron. Pero, los demás, nos dimos a la tarea de serruchar con una pequeña hoja de sierra los candados de Fernando Ballivián y José Gonzáles. Demoramos más de una hora y en ese lapso apareció el Subsecretario de Gobierno N. Méndez rodeado de soldados y nos ordenó volver a nuestras celdas. No había nada que hacer. No pudimos salir. Otra habría sido nuestra suerte si Jaime Paz, antes de huir, nos hubiera alertado sobre la situación.
Esta rutina, alterada solo por la presencia de nuevos detenidos o la salida de algunos, se repitió durante los dos meses y unos ocho días que permanecí allí.
Otra habría sido nuestra suerte si Jaime Paz, antes de huir, nos hubiera alertado sobre la situación.
Viacha: alrededor de dos meses
Una noche cualquiera me trasladaron a Viacha junto con otros detenidos en un camión de carrocería baja, bien vigilados. Los agentes nos obligaron a permanecer sentados y con la vista abajo. En algunos momentos breves pudimos observar, después de mucho tiempo, la inmensidad del cielo estrellado, y ese hecho tan simple nos emocionó hasta las lágrimas, porque en el DOP solo veíamos un pedazo cuadrado de cielo y solo de día. Nos encerraron en una celda amplia y oscura de la Policía y nos dejaban salir al patio solo contadas horas, lo que nos permitía respirar un poco de aire puro. El trato no era malo, aunque la comida era muy escasa. El “Sapo” Mejía, amigo beniano, sufría con ello. Igual que en el DOP, no podíamos escuchar radio o leer periódicos. Nuestra actividad diaria era leer novelas y trabajar anillos o adornos de asta de buey, previamente hervida en aceite y aplanada. Nuestras herramientas eran pedazos de hojas de sierra y vidrios rotos. La única novedad, para mí, eran las visitas familiares de los domingos, por media hora. Así sucedían los días. Allí, al igual que en el DOP, no me permitieron escribir un diario.
Chonchocoro: cerca de dos meses
Igual que en los casos anteriores, un día nos ordenaron recoger nuestras cosas, sin indicarnos para qué ni para dónde. Después, siempre en la carrocería de un camión, nos llevaron a Chonchocoro. Fui encerrado en una celda junto al “Sapo” Mejía. El jefe o encargado de la prisión era un “tira” blancón, el “Goma”, de unos 40 años. Entre las personas que encontré puedo mencionar a los hermanos Hernán y Juan Peralta (abogado). Éramos unas cuarenta personas, la mayoría campesinos, que no eran propiamente detenidos políticos. Solo podíamos leer novelas y recibir visitas dominicales. El “Goma” no era mala persona.
Mi liberación gracias al mayor Emilio Árabe: primera semana de setiembre
Recuerdo que un martes, a eso de las 10:00 de la mañana, los “tiras” nos hicieron formar en el patio y el “Goma” nos informó que en pocos instantes nos visitaría el nuevo Jefe de Seguridad del Gobierno, el mayor Emilio Árabe. En efecto, llegó el indicado funcionario acompañado de dos personas y, luego de los saludos de rigor, fue preguntando a los más próximos a él cómo se les trataba en prisión y el motivo de su detención. Varios de los interrogados, por temor o por otra causa, no respondían la verdad o andaban con rodeos. En vista de ello, pedí la palabra para hablar. El mayor Árabe consultó con el “Goma” (sin duda quién era yo) y me concedió la palabra. Le señalé que sería más útil y práctico que nos recibiera uno por uno en la oficina de prisión. Accedió. Cuando llegó mi turno, me preguntó sobre los motivos de mi detención. Le expliqué que no los conocía y que solo por rumores sabía que su antecesor, coronel Rafael Loayza, consideraba que yo era un político muy peligroso, un espía de la embajada rusa, porque un tiempo trabajé como abogado de esta.
Árabe me dijo que estudiaría mi caso y que el viernes me haría llevar al Ministerio de Gobierno para prestar mi declaración. En efecto, el indicado viernes llegó un camión, y a unos cuatro detenidos, a los hermanos Peralta, al Sr. A. Parra y a mí, nos ordenaron recoger nuestras cosas para ser trasladados a La Paz. Llegamos a eso de las 19:00 horas. Una vez en su presencia, el mayor. Árabe me preguntó dónde estaban mis garantes. Ante mi sorpresa, me explicó que saldría en libertad y que necesitaba dos personas que garantizaran mi buen comportamiento político. Me prestó su teléfono y llamé a dos amigos que se presentaron, firmaron los libros de presentación de mi persona en la Dirección de Orden Político (DOP) juntamente conmigo, y salí. Esto era totalmente inesperado para mí. No lo podía creer. Era la primera semana de septiembre de 1974 (Durante varios meses firmé semanalmente, cada lunes, un libro de control en la DOP. Después fui espaciando mis presentaciones e iba a firmar cada dos o tres semanas, hasta que finalmente dejé de hacerlo).
Posteriormente, en conversación con mi familia y amigos, llegué a dos conclusiones: que el nombramiento del mayor Árabe como Jefe de Seguridad del Gobierno fue un golpe de suerte para mí; y que, por su natural carácter bondadoso, no duraría en el cargo pues allí se requería un matón como Loayza. Y así fue. Al poco tiempo fue retirado y Loayza retomó su cargo; algunos meses después, el mayor Árabe falleció. Lo sentí de veras, porque demostró ser un hombre correcto y con sentido de realidad.