Desatar el bulto de la abuela y encontrar allí los olores que nunca se van a olvidar. La abuela Corsina llegaba del campo y juntos molían maíz condimentado con historias sinfín.

Este texto obtuvo el cuarto lugar compartido en el concurso Relatos desde mi cocina, convocado por MIGA Bolivia y la revista Rascacielos, con el apoyo de Hivos Latinoamérica.
Cuando mamá Corsina iba a visitar su pueblo lo hacía cargada de muchas cosas. Fue una mujer querida y respetada. De esas abuelas con un corazón tan grande que una familia no era suficiente para llenarlo y entonces alojaba a un pueblo entero. Decía que a Surumi, el pequeño pueblo de Potosí que la vio nacer, no se podía llegar con las manos vacías.
Surumi está en una montaña, justo en la cima. Es uno de esos lugares mágicos donde todos se conocen y aunque los hijos y nietos hayan migrado, todos saben dónde está. Nunca he conocido este rincón del mundo, pero entre tantas historias siento que he estado ahí miles de veces.
Surumi está en una montaña, justo en la cima. Es uno de esos lugares mágicos donde todos se conocen y aunque los hijos y nietos hayan migrado, todos saben dónde está. Nunca he conocido este rincón del mundo, pero entre tantas historias siento que he estado ahí miles de veces.
Despachar a mamá Corsina a su pueblo era lindo; sin embargo, lo que me encantaba era verla volver: su regreso significaba un momento para compartir historias y para su lawa de maíz.
La lawa de mi mamá Corsina era el plato más delicioso del mundo. Es en las comidas más simples donde siempre he hallado mayor gusto y sabor, quizá porque son las que no solo activan el paladar, sino también el corazón.
Mamá Corsina molía el maíz en batán “como debe ser”, según decía. El maíz llegaba en uno de sus bultos, los que yo deshacía con mucha curiosidad. Alguna vez traía también gallinas e incluso patos que sus vecinos le regalaban como agradecimiento por todo lo que hacía por el pueblo. Moler el maíz le tomaba todo el día y para mí era el proceso más maravilloso de todos, porque significaba todo el día con anécdotas e historias.
Moler el maíz le tomaba todo el día y para mí era el proceso más maravilloso de todos, porque significaba todo el día con anécdotas e historias.
En mi exploración de sus bultos también encontraba siempre el ají, esas vainas rojas que me gustaba oler, pero que ella no me dejaba tocar. “Te va a arder tu carita luego” decía, llamando mi atención con algún otro olor. Ahora que lo pienso, es ella la culpable de que acompañe todo con un toque picante. Todo lo cocinaba con ají, quemándolo un poco sobre la llama encendida y luego a la olla.
El color pálido del maíz se iluminaba con su rostro, con su sonrisa y sus polleras de mil colores. Entre sus ollas antiguas de latón el agua hervía esperando todos los ingredientes y yo la veía agregarlos con mucha emoción. Siento ahora que en ese plato tan sencillo de preparar se encontraba toda la complejidad de una mujer, su origen, su herencia y amor.
Siento ahora que en ese plato tan sencillo de preparar se encontraba toda la complejidad de una mujer, su origen, su herencia y amor.
Mientras todo se cocía, mamá Corsina se sentaba un rato a descansar, pero no duraba mucho sin hacer nada. Era de esas mujeres hormiga, siempre buscando qué hacer, arreglando cosas aquí y ordenando cosas allá. Una matrona que comandaba un hogar y un pueblo con el mismo cucharón de paciencia y buen humor.
Nuestras largas charlas acababan en la mesa, cuando las anécdotas se compartían con mi tía y mi hermana. Yo comía en silencio, sabiendo que durante horas y horas mamá Corsina había tenido atención solo para mí, en esa complicidad de abuela y nieto que me permitían obtener uno de los pocos trozos de carne que ponía en la olla, con la complicidad de ser el único varón entre esas mujeres maravillosas. Ya en la mesa, solo quedaba disfrutar de aquel alimento en un gran plato de barro que parecía imposible de acabar para un niño, pero jamás se dejaba la comida de mamá Corsina, por educación, cariño y por ese sabor… ese sabor para el que no hay palabras.